Hay edificios en Santiago que uno mira desde la Alameda y queda con la sensación de haber visto una nave. El Planetario de la Universidad de Santiago es uno de ellos. Un cono truncado de hormigón en medio de la ciudad, rodeado por dos espejos de agua, que el 14 de marzo de 2025 cumplió cuarenta años desde su inauguración oficial.

La forma del edificio no es arbitraria. Su arquitecto, Oscar Mac-Clure (1922–2024), se inspiró en el observatorio astronómico de Chichén Itzá, el sitio maya donde una civilización antigua estudió los cielos y dejó construcciones pensadas para leer el movimiento de las estrellas. Para diseñarlo, Mac-Clure viajó en 1969 en comisión de servicio a la fábrica Carl Zeiss de Oberkochen, Alemania Occidental, y visitó los planetarios de Núremberg, Berlín, Zúrich, Lucerna, París, Londres, Nueva York y Buenos Aires. En México visitó además los planetarios del Instituto Politécnico en Ciudad de México, Morelia y Villahermosa. Volvió con cuadernos, referencias y una convicción: el edificio debía provocar una emoción por fuera y otra, completamente distinta, por dentro.

Los cenotes mayas como referencia

Alrededor del cono, Mac-Clure diseñó dos espejos de agua inspirados en los cenotes mayas: esos pozos naturales considerados espacios sagrados, puertas al inframundo según la cultura maya, donde ese pueblo ancestral observaba las estrellas reflejadas. Proyectar el cielo sobre una superficie plana de agua permitía cálculos astronómicos mucho más exactos. La astronomía maya, una de las más precisas del mundo antiguo, se construyó sobre esa idea.

El arquitecto quiso que las piscinas del Planetario funcionaran como actualizaciones de esas estructuras geomorfológicas de Yucatán. En verano, además, una cascada descendía por el cono para refrigerar la cúpula interior: cuando el agua caía, el público sabía que el proyector Carl Zeiss estaba encendido. El edificio, literalmente, anunciaba cuando la función comenzaba.

El Planetario terminado reflejado en el espejo de agua

Un proyecto que sobrevivió al golpe

Originalmente, el edificio iba a construirse durante el Gobierno de la Unidad Popular, como parte de la red de infraestructura cultural y científica que impulsaba Salvador Allende. El proyector estelar Carl Zeiss VI llegó a Chile a finales de los años sesenta desde Alemania, y a principios de los setenta fue traspasado desde el Ministerio de Educación a la entonces Universidad Técnica del Estado (UTE), actual Universidad de Santiago, para ser instalado en su campus.

Pero el golpe de Estado de 1973 dejó el proyecto en pausa. El proyector quedó esperando. Recién en los primeros años de la década de 1980 se retomó la construcción del edificio que lo alojaría.

Construcción del Planetario USACH vista desde la Alameda

Quienes pasaban por la Alameda frente a la universidad veían crecer, lentamente, un volumen extraño: una estructura cónica de hormigón armado envuelta en andamios de madera. No se parecía a nada. Las casas de alrededor tenían techo de tejas; esto era una geometría sin referentes inmediatos en el paisaje chileno.

El cono en construcción con sus andamios

La construcción del cono fue un desafío estructural. Los andamios seguían la curvatura del volumen, ascendiendo en anillos sucesivos hasta llegar a la cima, donde obreros con cascos trabajaban sobre la cúpula aún abierta. En las fotografías de la época se ven operarios colgando del perímetro, pequeños frente a la escala del edificio.

Detalle de la cima del cono en construcción

El corazón: el Carl Zeiss VI

Dentro del cono vive el proyector. Es una máquina óptica de dos cabezas y 160 lentes que, para quien la ve por primera vez, parece una hormiga o un insecto gigante apoyado sobre tres patas. Su función es hacer girar cinco mil estrellas en 360 grados sobre la cúpula, idénticas a las que se ven en el cielo nocturno de una noche despejada.

El Carl Zeiss VI proyectando estrellas y coordenadas sobre la cúpula, visto desde la consola de control

El Carl Zeiss VI del Planetario USACH tiene un valor que excede lo técnico. La mayoría de los proyectores Zeiss originales de los planetarios del mundo hoy están fuera de funcionamiento, exhibidos como piezas de museo dentro de vitrinas. El chileno es una de las pocas excepciones: sigue operativo, proyectando noches enteras sobre el domo, décadas después de su llegada.

Interior del domo del Planetario con el Carl Zeiss y una proyección de Saturno

Hoy el Zeiss convive con tecnología digital moderna, lo que convierte al Planetario USACH en uno de los pocos planetarios híbridos del mundo: óptico y digital funcionando en conjunto. Esa convivencia es la que permite ofrecer funciones FullDome contemporáneas sin jubilar al viejo proyector que estuvo esperando una década para encenderse.

Inaugurado el 14 de marzo de 1985

El Planetario USACH, con su edificio de 4.350 metros cuadrados, fue inaugurado oficialmente el 14 de marzo de 1985, convirtiéndose en el primer planetario de Chile. Pero el azar tenía otros planes para el debut con público: el 3 de marzo de 1985, apenas once días antes de la ceremonia, un terremoto sacudió la zona central del país. El edificio resistió, pero la apertura al público general tuvo que esperar hasta 1986.

1997: el manto de cobre

El edificio en una fase avanzada de construcción

Después de más de una década de uso, el hormigón del cono mostraba el desgaste esperable de la intemperie santiaguina. En 1997 se ejecutó una intervención mayor: el cono fue revestido con planchas de cobre, en una colaboración entre el Planetario, Codelco y la contratista Ñielol. El gesto fue doble. Por un lado, reforzó el carácter tecnológico del edificio, vinculándolo con la observación científica moderna. Por otro, rindió homenaje al metal nacional.

Desde entonces, el cono recubierto de cobre es la imagen con la que se reconoce al Planetario desde la distancia. La pátina del cobre, que cambia de tono con los años, dialoga con la luz cambiante de la cordillera al fondo.

Cuarenta años después

En 2019 se instaló una placa en la fachada en honor a Oscar Mac-Clure. El arquitecto alcanzó a ver el reconocimiento antes de morir en 2024, a los 102 años. Su edificio, entretanto, ha recibido a generaciones de escolares, universitarios, astrónomos aficionados y personas que entraban sin saber exactamente qué iban a encontrar. La mayoría sale con la sensación de haber visitado un lugar que no pertenece del todo a esta ciudad.

Que un arquitecto chileno tomara referencias de la astronomía maya para proyectar un edificio en Estación Central dice algo sobre cómo se pensaba la cultura universitaria en Chile a fines de los sesenta: mirar al pasado americano, integrar ciencia y símbolo, hacer del conocimiento una experiencia también arquitectónica. Que el proyector Zeiss VI, rescatado del estancamiento posterior al golpe, siga encendiéndose noche tras noche cuando en el resto del mundo sus hermanos están tras una vitrina, también dice algo. Cuarenta años después, el edificio sigue haciendo lo que Mac-Clure quería: sorprender por fuera y emocionar por dentro.

El Planetario está en Avenida Libertador Bernardo O'Higgins 3349, Estación Central, frente a una de las estaciones más transitadas de la ciudad. Suficiente razón para bajarse y entrar.